La biblioteca de don Quijote.
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| Edicion Príncipe. |
La biblioteca de don Quijote de la Mancha es el tema central del capítulo VI de la primera parte del Don Quijote de la Mancha, y en ella don Miguel de Cervantes Saavedra, por boca del cura Pero Pérez, expone opiniones sobre ciertos libros de caballerías y otras obras de la literatura de su época, entre ellas algunos poemas épicos y novelas pastoriles. El capítulo VI menciona las siguientes obras.
1).-Amadís de Gaula.
El Amadís de Gaula es una obra maestra de la literatura medieval fantástica en castellano y el más famoso de los llamados libros de caballerías, que tuvieron una enorme aceptación durante el siglo XVI en la península ibérica.
A fines del siglo XV Garci Rodríguez de Montalvo preparó la que habría de ser su versión definitiva, cuya edición más antigua conocida es la de Zaragoza (1508), con el nombre de Los cuatro libros del virtuoso caballero Amadís de Gaula, pero se trata de una obra muy anterior, que ya existía en tres libros desde el siglo XIV, según consta en obras del canciller Pedro López de Ayala y su contemporáneo Pero Ferrús. El mismo Montalvo confiesa haber enmendado los tres primeros libros y ser el autor del cuarto.
2).-Las sergas de Esplandián, de Garci Rodríguez de Montalvo.
Las sergas de Esplandián (Las hazañas de Esplandián) es el quinto de la serie española de libros de caballerías iniciada con el Amadís de Gaula. Su autor fue Garci Rodríguez de Montalvo, quien también escribió el libro cuarto del Amadís.
La primera edición conocida de Las sergas de Esplandián es la publicada en Sevilla en julio de 1510, pero indudablemente hubo al menos una anterior (quizá publicada en Sevilla en 1496), ya que el sexto libro de la serie, Florisando, apareció en abril de 1510.
La obra Las sergas de Esplandián relata en 184 capítulos las aventuras de este caballero, hijo primogénito de Amadís de Gaula y la princesa Oriana de la Gran Bretaña
3)-Amadís de Grecia, de Feliciano de Silva.
Amadís de Grecia es un libro de caballerías español, noveno de la serie iniciada por el Amadís de Gaula. Su autor fue Feliciano de Silva (fallecido en 1554), el escritor favorito de Don Quijote de la Mancha.
4).-Olivante de Laura, de Antonio de Torquemada.
Olivante de Laura, libro de caballerías español, escrito por Antonio de Torquemada e impreso en Barcelona en 1564 por Claudi Bornat, que lo dedicó al Rey Felipe II. Se publicó con el título de "Historia del invencible caballero Don Olivante de Laura, Príncipe de Macedonia, que por sus admirables hazañas vino a ser Emperador de Constantinopla".
5).-Felixmarte de Hircania, de Melchor Ortega.
Felixmarte de Hircania es un libro de caballerías español, publicado por primera vez en Valladolid en 1556, con el título Parte primera de la grande historia del muy animoso y esforzado Príncipe Felixmarte de Hircania y de su extraño nacimiento. Fue obra de Melchor Ortega, vecino de Úbeda, quien la dedicó a Juan Vázquez de Molina, comendador de Guadalcanal y secretario de Felipe II. Su portada fue imitada de la de otro libro de caballerías, Platir, publicado en 1533.
6).-Platir, quizá obra de Francisco de Enciso Zárate.
Platir, libro de caballerías español, publicado por primera vez en Valladolid en 1533 con el título de Crónica del muy valiente y esforzado caballero Platir. Fue reimpreso en Sevilla en 1540. No se indica el nombre de su autor, pero hay motivos para creer que es obra de Francisco de Enciso Zárate.
7).-El Caballero de la Cruz (Lepolemo, de Alonso de Salazar, o Leandro el Bel, de Pietro Lauro)
Nombre con el que conoce a dos libros de caballerías, el español Lepolemo, de Alonso de Salazar, y su continuación italiana Leandro el Bel, de Pietro Lauro, que fue traducida al español y durante mucho tiempo se creyó una obra original española escrita por Pedro de Luján, hasta que Henry Thomas descubrió que se trataba de una traducción.
8).-Espejo de caballerías, de Pero López de Reinosa, o de Santa Catalina.
El Espejo de caballerías es una serie de libros de caballerías españoles de la primera mitad del siglo XVI. Consta de tres libros o partes, los dos primeros escritos por Pedro López de Santa Catalina, y el tercero por Pedro de Reinosa. La serie pertenece al llamado ciclo carolingio de los libros de caballerías españoles, en el cual desempeñan papeles protagónicos el Emperador Carlomagno y sus caballeros.
9).-Historia de las hazañas y hechos del invencible caballero Bernardo del Carpio, de Agustín Alonso.
Bernardo del Carpio fue un personaje legendario de la Edad Media, hijo extramatrimonial, según las principales versiones del mito, de una infanta y hermana del rey asturiano Alfonso II de nombre Ximena, y del conde de Saldaña, Sancho Díaz.
El Bernardo del Carpio o La victoria de Roncesvalles
Largo y complejísimo poema de épica culta, obra de Bernardo de Balbuena, el Bernardo o La victoria de Roncesvalles, alabado por Voltaire y Chateaubriand, consiste en 40.000 versos de pulida factura en octavas reales e inundados de una imaginación exuberante, especie de libro de caballerías en verso que se inspira sólo en parte en la leyenda de Bernardo del Carpio y la contamina con todo tipo de materiales aledaños: alegorías, moralidades, cronologías, genealogías reales e inventadas y episodios mitológicos, fantásticos y maravillosos, en medio de una imaginería deslumbrante y un auténtico frenesí descriptivo. El verso está tallado en busca de una suma perfección, como el mismo autor declara en su prólogo, y como tal hay que considerarlo el culmen de la épica culta barroca española, de la misma manera que la Araucana es el culmen de la épica culta renacentista.
Bernardo del Carpio fue un personaje legendario de la Edad Media, hijo extramatrimonial, según las principales versiones del mito, de una infanta y hermana del rey asturiano Alfonso II de nombre Ximena, y del conde de Saldaña, Sancho Díaz.
El Bernardo del Carpio o La victoria de Roncesvalles
Largo y complejísimo poema de épica culta, obra de Bernardo de Balbuena, el Bernardo o La victoria de Roncesvalles, alabado por Voltaire y Chateaubriand, consiste en 40.000 versos de pulida factura en octavas reales e inundados de una imaginación exuberante, especie de libro de caballerías en verso que se inspira sólo en parte en la leyenda de Bernardo del Carpio y la contamina con todo tipo de materiales aledaños: alegorías, moralidades, cronologías, genealogías reales e inventadas y episodios mitológicos, fantásticos y maravillosos, en medio de una imaginería deslumbrante y un auténtico frenesí descriptivo. El verso está tallado en busca de una suma perfección, como el mismo autor declara en su prólogo, y como tal hay que considerarlo el culmen de la épica culta barroca española, de la misma manera que la Araucana es el culmen de la épica culta renacentista.
10).-El verdadero suceso de la famosa batalla de Roncesvalles con la muerte de los doce Pares de Francia, por Francisco Garrido Villena.
11).-Palmerín de Oliva, de Francisco Vázquez.
Palmerín de Oliva es un libro de caballerías español, primero de la serie de los Palmerines, publicado por primera vez en Salamanca en 1511, con el título de El libro del famoso y muy esforzado caballero Palmerín de Olivia. Según indica su continuación Primaleón, su autor fue Francisco Vázquez, vecino de Ciudad Rodrigo, aunque otros han atribuido su composición a "una señora Augustobrica" y a Juan Augur de Transmiera.
12).-Palmerín de Inglaterra, de Francisco de Moraes.
El Palmerín de Inglaterra es un libro de caballerías escrito por el portugués Francisco de Moraes (1500-1572), secretario del embajador portugués en París, conde de Linhares, entre 1541 y 1543. El libro posee algunos recuerdos autobiográficos del autor.
Palmerín de Inglaterra consta de dos libros, el primero dividido en 101 capítulos y el segundo en 66.
13).-Belianís de Grecia, de Jerónimo Fernández.
Belianís de Grecia, o más exactamente la Hystoria del magnánimo, valiente e inuencible cauallero don Belianís de Grecia es un libro de caballerías español, escrito por el licenciado burgalés Jerónimo Fernández, abogado de la corte del Emperador Carlos V.
Su primera y segunda parte su publicaron por primera vez en Sevilla en 1545, siendo reimpresas en Burgos, Martín Muñoz, 1547, y versan sobre la vida del príncipe Don Belianís de Grecia, ficticio hijo primogénito del Emperador Belanio de Grecia y de la Emperatriz Clarinda.
14).-Tirante el Blanco, de Joanot Martorell.
Tirante el Blanco (Tirant lo Blanch en su título original en valenciano) es una novela caballeresca (expresión de Martí de Riquer) del escritor valenciano Joanot Martorell y que se suponía concluida por Martí Joan de Galba —idea que aún hoy no se descarta—, publicada en Valencia en 1490, en pleno Siglo de Oro valenciano.
15.-Diana, de Jorge de Montemayor.
Jorge de Montemayor o, en portugués original, Jorge de Montemor (Montemor-o-Velho, Portugal, h. 1520 - ¿Piamonte?, Italia, h. 1561) fue un escritor portugués en lengua española.
Adoptó como nombre el de su lugar de nacimiento, Montemor-o-Velho, cerca de Coímbra. Se ha especulado sobre su origen judío, pero no hay nada probado. Fue músico en las cortes de Portugal y de Castilla. Estuvo primero al servicio de María, hermana de Juan III de Portugal y futura esposa de Felipe II, como cantante. Más adelante pasó a la corte de Juana, infanta de Castilla, hija de Carlos I, como cantor contrabajo primero, y luego, tras el matrimonio de la infanta con el príncipe don Juan de Portugal, hijo de Juan III, como aposentador. Cuando falleció don Juan, en 1554, Montemayor regresó con la infanta viuda a Castilla.
Por entonces publicó su Cancionero (Amberes, 1554), cuyos versos devotos no gustaron a la Inquisición. Con el séquito de Felipe II estuvo en Flandes, y posiblemente también en Inglaterra. Se sabe que estuvo también en Valencia al servicio de Juan Castellá, barón de Bicorb y Quesa, así como de Gonzalo Fernández de Córdoba, duque de Sessa. Los últimos años de su vida los pasó en el Piamonte. Se piensa que murió asesinado por un amigo en una reyerta causada por un asunto de celos.
Su obra más importante es Los siete libros de la Diana, impresa por primera vez en Valencia y en Milán hacia 1559. Esta obra, que combina el verso y la prosa, es la primera novela pastoril de la literatura en lengua castellana y ejerció una gran influencia en las letras del siglo XVI. Fue pronto traducida al francés, al inglés y al alemán.
Según el propio autor, el planteamiento de la obra es como sigue:
En los campos de la principal y antigua ciudad de León, riberas del río Esla, hubo una pastora, llamada Diana, cuya hermosura fue extremadísima sobre todas las de su tiempo. Esta quiso y fue querida en extremo de un pastor, llamado Sireno; en cuyos amores hubo toda la limpieza y honestidad posible. Y en el mismo tiempo, la quiso más que a sí otro pastor llamado Sylvano, el qual fue de la pastora tan aborrecido que no había cosa en la vida a quien peor quisiese. Sucedió, pues, que como Sireno fuese forzadamente fuera del reino, a cosas que su partida no podía excusarse, y la pastora quedase muy triste por su ausencia, los tiempos y el corazón de Diana se mudaron; y ella se casó con otro pastor llamado Delio, poniendo en olvido al que tanto había querido. El cual, viniendo después de un año de ausencia, con gran deseo de ver a su pastora, supo antes que llegase como era ya casada.
Jorge de Montemayor o, en portugués original, Jorge de Montemor (Montemor-o-Velho, Portugal, h. 1520 - ¿Piamonte?, Italia, h. 1561) fue un escritor portugués en lengua española.
Adoptó como nombre el de su lugar de nacimiento, Montemor-o-Velho, cerca de Coímbra. Se ha especulado sobre su origen judío, pero no hay nada probado. Fue músico en las cortes de Portugal y de Castilla. Estuvo primero al servicio de María, hermana de Juan III de Portugal y futura esposa de Felipe II, como cantante. Más adelante pasó a la corte de Juana, infanta de Castilla, hija de Carlos I, como cantor contrabajo primero, y luego, tras el matrimonio de la infanta con el príncipe don Juan de Portugal, hijo de Juan III, como aposentador. Cuando falleció don Juan, en 1554, Montemayor regresó con la infanta viuda a Castilla.
Por entonces publicó su Cancionero (Amberes, 1554), cuyos versos devotos no gustaron a la Inquisición. Con el séquito de Felipe II estuvo en Flandes, y posiblemente también en Inglaterra. Se sabe que estuvo también en Valencia al servicio de Juan Castellá, barón de Bicorb y Quesa, así como de Gonzalo Fernández de Córdoba, duque de Sessa. Los últimos años de su vida los pasó en el Piamonte. Se piensa que murió asesinado por un amigo en una reyerta causada por un asunto de celos.
Su obra más importante es Los siete libros de la Diana, impresa por primera vez en Valencia y en Milán hacia 1559. Esta obra, que combina el verso y la prosa, es la primera novela pastoril de la literatura en lengua castellana y ejerció una gran influencia en las letras del siglo XVI. Fue pronto traducida al francés, al inglés y al alemán.
Según el propio autor, el planteamiento de la obra es como sigue:
En los campos de la principal y antigua ciudad de León, riberas del río Esla, hubo una pastora, llamada Diana, cuya hermosura fue extremadísima sobre todas las de su tiempo. Esta quiso y fue querida en extremo de un pastor, llamado Sireno; en cuyos amores hubo toda la limpieza y honestidad posible. Y en el mismo tiempo, la quiso más que a sí otro pastor llamado Sylvano, el qual fue de la pastora tan aborrecido que no había cosa en la vida a quien peor quisiese. Sucedió, pues, que como Sireno fuese forzadamente fuera del reino, a cosas que su partida no podía excusarse, y la pastora quedase muy triste por su ausencia, los tiempos y el corazón de Diana se mudaron; y ella se casó con otro pastor llamado Delio, poniendo en olvido al que tanto había querido. El cual, viniendo después de un año de ausencia, con gran deseo de ver a su pastora, supo antes que llegase como era ya casada.
16.-Segunda parte de la Diana de Jorge de Montemayor, de Alonso Pérez.
Alonso Pérez, llamado el Salmantino, escritor español de la primera mitad del siglo XVI
Escribió una novela pastoril, Segunda parte de la Diana (Valencia: Sebastián Mey, 1564), continuación de la Diana de su amigo Jorge de Montemayor. La obra ha sido muy despreciada por la crítica, quizá por las palabras de Cervantes al condenarla a la hoguera y por el hecho de haber tenido que competir con la continuación de Gaspar Gil Polo; la realidad, sin embargo, es otra, ya que entre 1559 y 1624, época áurea de la novela pastoril, la continuación de Gil Polo se imprimió siete veces, pero la de Alonso más del doble, quince; fue, pues, un éxito en su tiempo.
La teoría sobre el amor esbozada en la obra no está inspirada en la filosofía del Neoplatonismo, como las otras de su género, sino que posee algunos rasgos del amor cortés. Por otra parte, mezcla elementos muy heterogéneos que hacen la estructura de la obra compleja y difusa.
Alonso Pérez, llamado el Salmantino, escritor español de la primera mitad del siglo XVI
Escribió una novela pastoril, Segunda parte de la Diana (Valencia: Sebastián Mey, 1564), continuación de la Diana de su amigo Jorge de Montemayor. La obra ha sido muy despreciada por la crítica, quizá por las palabras de Cervantes al condenarla a la hoguera y por el hecho de haber tenido que competir con la continuación de Gaspar Gil Polo; la realidad, sin embargo, es otra, ya que entre 1559 y 1624, época áurea de la novela pastoril, la continuación de Gil Polo se imprimió siete veces, pero la de Alonso más del doble, quince; fue, pues, un éxito en su tiempo.
La teoría sobre el amor esbozada en la obra no está inspirada en la filosofía del Neoplatonismo, como las otras de su género, sino que posee algunos rasgos del amor cortés. Por otra parte, mezcla elementos muy heterogéneos que hacen la estructura de la obra compleja y difusa.
17.-Diana enamorada, de Gaspar Gil Polo.
Gaspar Gil Polo (* Valencia [España], 1530, † Barcelona [España], 1584) fue un escritor español del que se tienen escasas referencias sobre su vida: su fama como poeta radica en que Miguel de Cervantes le dedica una octava real en el "Canto de Caliope" de La Galatea y Juan de Timoneda lo cita en el Sarao de amor, de 1561. Su principal obra es Diana enamorada, de 1564, continuación de la obra Diana de Jorge de Montemayor. Cerda y Rico ha apuntado que puede tratarse del catedratico del mismo nombre inscrito en la Universidad de Valencia entre 1565 y 1574. Se basa en los elogios, en el "Canto del Turia" de la Diana enamorada a ingenios valencianos, contemporáneos algunos de ellos, catedraticos de la Universidad valenciana. También se le ha atribuido el cargo de notario (1571-1573) y el de primer coadjutor. Su prosa y poesía son extremadamente cultas, aunque abundan en valencianismos. Fue inventor de la que el llama rima provenzal, su poesía se distingue por el dominio de la forma y el manejo de las estrofas.
Gaspar Gil Polo (* Valencia [España], 1530, † Barcelona [España], 1584) fue un escritor español del que se tienen escasas referencias sobre su vida: su fama como poeta radica en que Miguel de Cervantes le dedica una octava real en el "Canto de Caliope" de La Galatea y Juan de Timoneda lo cita en el Sarao de amor, de 1561. Su principal obra es Diana enamorada, de 1564, continuación de la obra Diana de Jorge de Montemayor. Cerda y Rico ha apuntado que puede tratarse del catedratico del mismo nombre inscrito en la Universidad de Valencia entre 1565 y 1574. Se basa en los elogios, en el "Canto del Turia" de la Diana enamorada a ingenios valencianos, contemporáneos algunos de ellos, catedraticos de la Universidad valenciana. También se le ha atribuido el cargo de notario (1571-1573) y el de primer coadjutor. Su prosa y poesía son extremadamente cultas, aunque abundan en valencianismos. Fue inventor de la que el llama rima provenzal, su poesía se distingue por el dominio de la forma y el manejo de las estrofas.
20.-Los diez libros de Fortuna de Amor, de Antonio de Lofraso.
Los diez libros de Fortuna de Amor es una novela pastoril del poeta y militar sardo Antonio de Lofraso, publicada en Barcelona en 1573 y mencionada por Miguel de Cervantes en el "donoso escrutinio" de la biblioteca de Don Quijote (I, VI).
La obra, dedicada al Conde de Quirra, relata los honestos amores del pastor Frexano (personaje que al parecer está inspirado en el propio autor, ya que lofraso en el dialecto sardo signfica fresno) y la hermosa pastora Fortuna. Concluye con una larga composición poética de 168 versos en 56 tercetos, denominada "Testamento de Amor".
El cura de la aldea de Don Quijote, Pero Pérez, dice en el mencionado escrutinio que «...desde que Apolo fue Apolo, y las musas musas, y los poetas poetas, tan gracioso ni tan disparatado libro como ése no se ha compuesto, y que, por su camino, es el mejor y el más único de cuantos deste género han salido a la luz del mundo, y el que no le ha leído, puede hacer cuenta que no ha leído jamás cosa de gusto.» (Según el académico Martín de Riquer, no obstante, «el elogio es burlesco y se le salva precisamente por ser disparatado.»)
En el libro VI de la obra aparecen un pastor llamado Dulcineo y una pastora llamada Dulcina, que pueden haber servido de inspiración a Cervantes para el nombre de Dulcinea del Toboso. Los diez libros de Fortuna de Amor fue reimpreso en Londres en 1740 por el maestro de lengua castellana Pedro Pineda, quien consideraba esta obra apreciable por «su bondad, elegancia y agudeza».
Los diez libros de Fortuna de Amor es una novela pastoril del poeta y militar sardo Antonio de Lofraso, publicada en Barcelona en 1573 y mencionada por Miguel de Cervantes en el "donoso escrutinio" de la biblioteca de Don Quijote (I, VI).
La obra, dedicada al Conde de Quirra, relata los honestos amores del pastor Frexano (personaje que al parecer está inspirado en el propio autor, ya que lofraso en el dialecto sardo signfica fresno) y la hermosa pastora Fortuna. Concluye con una larga composición poética de 168 versos en 56 tercetos, denominada "Testamento de Amor".
El cura de la aldea de Don Quijote, Pero Pérez, dice en el mencionado escrutinio que «...desde que Apolo fue Apolo, y las musas musas, y los poetas poetas, tan gracioso ni tan disparatado libro como ése no se ha compuesto, y que, por su camino, es el mejor y el más único de cuantos deste género han salido a la luz del mundo, y el que no le ha leído, puede hacer cuenta que no ha leído jamás cosa de gusto.» (Según el académico Martín de Riquer, no obstante, «el elogio es burlesco y se le salva precisamente por ser disparatado.»)
En el libro VI de la obra aparecen un pastor llamado Dulcineo y una pastora llamada Dulcina, que pueden haber servido de inspiración a Cervantes para el nombre de Dulcinea del Toboso. Los diez libros de Fortuna de Amor fue reimpreso en Londres en 1740 por el maestro de lengua castellana Pedro Pineda, quien consideraba esta obra apreciable por «su bondad, elegancia y agudeza».
21.-El pastor de Iberia, de Bernardo de la Vega.
El Pastor de Iberia es una novela pastoril española, publicada en Sevilla en 1591. Su autor fue Bernardo de la Vega, gentilhombre andaluz, quien la dedicó a Juan Téllez Girón, Duque de Duque de Osuna y Conde de Ureña.
La obra está dividida en cuatro libros. Su protagonista, que inspira el título, es el pastor Filardo, quien es perseguido por sospechas de homicidio. Arrestado por el alguacil de la aldea donde vive, se libra por el favor de dos padrinos que tiene en Sevilla y se embarca en Sanlúcar de Barrameda. En las islas Canarias es prendido nuevamente y le libera la intervención de otro familiar. El amor de Filardo es la pastora Marfisa. Ambos enamorados llenan la obra con sus versos, y Filardo hace en ellos incapie en la mitológia y en la historia, citando a Platón, Antonio de Nebrija y el Concilio de Trento.
Miguel de Cervantes, en el escrutinio de la biblioteca de Don Quijote de la Mancha (Primera Parte, capítulo VI), condenó al fuego El Pastor de Iberia. El comentarista Diego Clemencín criticó acerbamente el lenguaje de la obra, diciendo que era malo, trocaba los tiempos verbales y contenía solecismos.
El Pastor de Iberia es una novela pastoril española, publicada en Sevilla en 1591. Su autor fue Bernardo de la Vega, gentilhombre andaluz, quien la dedicó a Juan Téllez Girón, Duque de Duque de Osuna y Conde de Ureña.
La obra está dividida en cuatro libros. Su protagonista, que inspira el título, es el pastor Filardo, quien es perseguido por sospechas de homicidio. Arrestado por el alguacil de la aldea donde vive, se libra por el favor de dos padrinos que tiene en Sevilla y se embarca en Sanlúcar de Barrameda. En las islas Canarias es prendido nuevamente y le libera la intervención de otro familiar. El amor de Filardo es la pastora Marfisa. Ambos enamorados llenan la obra con sus versos, y Filardo hace en ellos incapie en la mitológia y en la historia, citando a Platón, Antonio de Nebrija y el Concilio de Trento.
Miguel de Cervantes, en el escrutinio de la biblioteca de Don Quijote de la Mancha (Primera Parte, capítulo VI), condenó al fuego El Pastor de Iberia. El comentarista Diego Clemencín criticó acerbamente el lenguaje de la obra, diciendo que era malo, trocaba los tiempos verbales y contenía solecismos.
22.-Primera parte de las ninfas y pastores de Henares, de Bernardo González de Bobadilla.
23.-Desengaño de celos, de Bartolomé López de Enciso.
24).-El pastor de Fílida, de Luis Gálvez de Montalvo.
luis Gálvez de Montalvo, (Guadalajara, 1549 - algún lugar de Italia, probablemente Palermo, 1591), escritor español.
El pastor de Fílida (Madrid, 1582) es una de las más importantes novelas pastoriles españolas. El escritor más eminente de la historia literaria española así lo manifestó en su famoso escrutinio de la librería de don Quijote; pero además de Miguel de Cervantes la elogiaron poetas y eruditos como Lope de Vega, Vicente Espinel, Pedro Laínez, López Maldonado, Ta m ayo de Vargas y Nicolás Antonio, entre los más famosos y conocidos.
luis Gálvez de Montalvo, (Guadalajara, 1549 - algún lugar de Italia, probablemente Palermo, 1591), escritor español.
El pastor de Fílida (Madrid, 1582) es una de las más importantes novelas pastoriles españolas. El escritor más eminente de la historia literaria española así lo manifestó en su famoso escrutinio de la librería de don Quijote; pero además de Miguel de Cervantes la elogiaron poetas y eruditos como Lope de Vega, Vicente Espinel, Pedro Laínez, López Maldonado, Ta m ayo de Vargas y Nicolás Antonio, entre los más famosos y conocidos.
25).-Tesoro de varias poesías, de Pedro de Padilla.
El escritor Pedro de Padilla (1549?-1600?) nació en Linares (Jaén) y fue apreciado y amigo de López de Hoyos, Lope de Vega y Cervantes, aunque atacado por Herrera. Obtuvo el grado de Bachiller en Artes en la Universidad de Granada en 1564, y en 1572 era estudiante de Teología en la Universidad de Alcalá de Henares. Muy pronto comenzaron a circular por Madrid sus poemas, que primero guardaba escritos en papel, como es el caso de un cartapacio autógrafo estudiado por el profesor Labrador. Algunos pasaron después a sus libros impresos. Escribió poesía religiosa (Jardín Espiritual, 1585) y profana (Romancero, 1583), y su obra fue muy apreciada en vida. Publicó diversos libros impresos en su época, teniendo una gran popularidad y una difusión solo comparable a la que tuvo el poeta e historiador Diego Hurtado de Mendoza, hijo del segundo conde de Tendilla. Su villancico "Al niño sagrado/ que es mi salvador/ cada vez que lo miro/ me parece mejor" se cantaba en España hasta hace muy poco.
El 6 de agosto de 1585 ingresó en el convento de los carmelitas calzados de Madrid, hoy es la parroquia de El Carmen, entre Callao y Sol, donde muere. Se dedicó a la predicación, pero también hizo de censor de obras, como las de su amigo Lope de Vega La Arcadia y La Dragontea. Por desgracia, al poco de su fallecimiento, su obra pasó al olvido.
El Tesoro fue publicado en 1580.
Posiblemente fuera Cervantes quien dio fama moderna al libro que hoy nos ocupa en el Quijote, cuando el cura y el barbero hacen el escrutinio de la biblioteca del emblemático loco y perdonan de las llamas al Thesoro sin renunciar al guiño amistoso a su amigo el linarense Padilla. Dice:"Este grande que aquí viene se intitula -dijo el barbero-Thesoro de varias poesías. -Como ellas no fueran tantas -dijo el cura-, fueran más estimadas: menester es que este libro se escarde y limpie de algunas bajezas que entre sus grandezas tiene; guárdese, porque su autor es amigo mío, y por respeto de otras más heroicas y levantadas obras que ha escrito".
Para poder publicar el Thesoro, entonces como ahora se necesita financiación, sobre todo si es un libro grande: en su edición actual son ochocientas páginas de poesías. Padilla buscó al rico librero Blas de Robles para que le pagara al impresor madrileño Francisco Suárez los gastos de producción del Thesoro. "Es un grueso libro -dicen Labrador y DiFranco en el estudio preliminar- de 482 folios que tituló Thesoro de varias poesías, el cual tuvo tanto éxito que le siguieron otras dos ediciones, una en 1587 organizada según géneros y formas métricas, y otra en 1589, supuestamente idéntica a la de 1587, aunque no existe hoy ejemplar alguno: las tres ediciones salieron de imprentas madrileñas".
El Tesoro es sin duda la obra central del prolífico Padilla. El mismo Padilla nos cuenta que mandó imprimir sus poemas para "sujetarlos a la piadosa censura de los buenos entendimientos". Es decir, los imprime con su nombre porque se los plagiaban. Así justifica el autor verlos impresos: por "lástima de ver algunos hijos de mi pobre entendimiento, tratados menos bien que merecen, de muchos que no siendo sus padres los han hecho hijos adoptivos, para solo destruirlos". En el mismo Thesoro de 1580 indica que incluye unos "Romances pastoriles que hurtaron al autor y andan muy mal impresos". Como ven, los plagios no son nada nuevo.
El libro esta formado por canciones, coplas castellanas, glosas, estancias, tercetos, liras, villancicos sonetos, romances y ensaladillas, verdadero muestrario del tipo de poesía que gustaba en esos años. La obra de Padilla es central para conocer los gustos poéticos del último tercio del siglo XVI. Padilla continúa las viejas tendencias del "best seller" de ese siglo, el Cancionero general de 1511, al que añade ecos de la exquisita lírica que poetas como san Juan de la Cruz, Lope, Liñán y Figeroa componen en esos años, juntando en el Thesoro a la nueva lírica italianizante renacentista con la poesía tradicional. Padilla, buen conocedor de la poesía pastoril, se adentra en el mundo real de los pastores y pastoras, gentes reales de pueblo que celebran sus bodas, compiten en sus juegos rústicos y hablan como gentes alejadas de la corte, reflejando en sus versos, como ninguno otro poeta ha sabido hacer, el habla de los campesinos.
El escritor Pedro de Padilla (1549?-1600?) nació en Linares (Jaén) y fue apreciado y amigo de López de Hoyos, Lope de Vega y Cervantes, aunque atacado por Herrera. Obtuvo el grado de Bachiller en Artes en la Universidad de Granada en 1564, y en 1572 era estudiante de Teología en la Universidad de Alcalá de Henares. Muy pronto comenzaron a circular por Madrid sus poemas, que primero guardaba escritos en papel, como es el caso de un cartapacio autógrafo estudiado por el profesor Labrador. Algunos pasaron después a sus libros impresos. Escribió poesía religiosa (Jardín Espiritual, 1585) y profana (Romancero, 1583), y su obra fue muy apreciada en vida. Publicó diversos libros impresos en su época, teniendo una gran popularidad y una difusión solo comparable a la que tuvo el poeta e historiador Diego Hurtado de Mendoza, hijo del segundo conde de Tendilla. Su villancico "Al niño sagrado/ que es mi salvador/ cada vez que lo miro/ me parece mejor" se cantaba en España hasta hace muy poco.
El 6 de agosto de 1585 ingresó en el convento de los carmelitas calzados de Madrid, hoy es la parroquia de El Carmen, entre Callao y Sol, donde muere. Se dedicó a la predicación, pero también hizo de censor de obras, como las de su amigo Lope de Vega La Arcadia y La Dragontea. Por desgracia, al poco de su fallecimiento, su obra pasó al olvido.
El Tesoro fue publicado en 1580.
Posiblemente fuera Cervantes quien dio fama moderna al libro que hoy nos ocupa en el Quijote, cuando el cura y el barbero hacen el escrutinio de la biblioteca del emblemático loco y perdonan de las llamas al Thesoro sin renunciar al guiño amistoso a su amigo el linarense Padilla. Dice:"Este grande que aquí viene se intitula -dijo el barbero-Thesoro de varias poesías. -Como ellas no fueran tantas -dijo el cura-, fueran más estimadas: menester es que este libro se escarde y limpie de algunas bajezas que entre sus grandezas tiene; guárdese, porque su autor es amigo mío, y por respeto de otras más heroicas y levantadas obras que ha escrito".
Para poder publicar el Thesoro, entonces como ahora se necesita financiación, sobre todo si es un libro grande: en su edición actual son ochocientas páginas de poesías. Padilla buscó al rico librero Blas de Robles para que le pagara al impresor madrileño Francisco Suárez los gastos de producción del Thesoro. "Es un grueso libro -dicen Labrador y DiFranco en el estudio preliminar- de 482 folios que tituló Thesoro de varias poesías, el cual tuvo tanto éxito que le siguieron otras dos ediciones, una en 1587 organizada según géneros y formas métricas, y otra en 1589, supuestamente idéntica a la de 1587, aunque no existe hoy ejemplar alguno: las tres ediciones salieron de imprentas madrileñas".
El Tesoro es sin duda la obra central del prolífico Padilla. El mismo Padilla nos cuenta que mandó imprimir sus poemas para "sujetarlos a la piadosa censura de los buenos entendimientos". Es decir, los imprime con su nombre porque se los plagiaban. Así justifica el autor verlos impresos: por "lástima de ver algunos hijos de mi pobre entendimiento, tratados menos bien que merecen, de muchos que no siendo sus padres los han hecho hijos adoptivos, para solo destruirlos". En el mismo Thesoro de 1580 indica que incluye unos "Romances pastoriles que hurtaron al autor y andan muy mal impresos". Como ven, los plagios no son nada nuevo.
El libro esta formado por canciones, coplas castellanas, glosas, estancias, tercetos, liras, villancicos sonetos, romances y ensaladillas, verdadero muestrario del tipo de poesía que gustaba en esos años. La obra de Padilla es central para conocer los gustos poéticos del último tercio del siglo XVI. Padilla continúa las viejas tendencias del "best seller" de ese siglo, el Cancionero general de 1511, al que añade ecos de la exquisita lírica que poetas como san Juan de la Cruz, Lope, Liñán y Figeroa componen en esos años, juntando en el Thesoro a la nueva lírica italianizante renacentista con la poesía tradicional. Padilla, buen conocedor de la poesía pastoril, se adentra en el mundo real de los pastores y pastoras, gentes reales de pueblo que celebran sus bodas, compiten en sus juegos rústicos y hablan como gentes alejadas de la corte, reflejando en sus versos, como ninguno otro poeta ha sabido hacer, el habla de los campesinos.
26.-El Cancionero, de Gabriel López Maldonado.
Poeta español muerto hacia 1615. Fue uno de los más destacados integrantes de la Academia de los Nocturnos de Valencia. Poseedor de una gran técnica formal, perfecto cultivador de los metros españoles e italianos, e inclinado preferentemente hacia los temas elevados y morales, su Cancionero (1586) es un buen ejemplo de la poesía, virtuosista y convencional, de su época. Recibió elogios en El Quijote.
Poeta español muerto hacia 1615. Fue uno de los más destacados integrantes de la Academia de los Nocturnos de Valencia. Poseedor de una gran técnica formal, perfecto cultivador de los metros españoles e italianos, e inclinado preferentemente hacia los temas elevados y morales, su Cancionero (1586) es un buen ejemplo de la poesía, virtuosista y convencional, de su época. Recibió elogios en El Quijote.
27).-La Galatea, de Miguel de Cervantes Saavedra.
La Galatea' es una novela de Miguel de Cervantes publicada en 1585 en Alcalá de Henares con el título de Primera parte de La Galatea, dividida en seis libros.
La Galatea se suele clasificar como novela pastoril. Tal descripción es muy limitada. En efecto sus personajes son pastores, pero es un vehículo para un estudio psicológico del amor, y es éste el propósito de Cervantes al escribirla.
28).-La Araucana, de Alonso de Ercilla.
La Araucana (1569, 1578 y 1589) es un poema épico del español Alonso de Ercilla que relata la primera fase de la Guerra de Arauco entre españoles y mapuches.
Según el propio autor, que participó en dicho conflicto, el poema fue escrito durante su estadía en Chile usando, a manera de papel, cortezas de árboles y otros elementos rústicos. Ercilla, quien como antiguo paje de la corte de Felipe II contaba con una educación mayor a la del promedio de los conquistadores, había llegado a dicho país como parte de la expedición de refuerzo comandada por el nuevo gobernador García Hurtado de Mendoza.
Tras el regreso de Ercilla a España, el libro fue publicado en Madrid en tres partes a lo largo de dos décadas. El primer volumen se editó en 1569; el segundo, en 1578; y el tercero, en 1589. El libro obtuvo, entonces, un considerable éxito entre los lectores.
Aunque la historicidad de muchos de los relatos que aparecen en la obra es relativa, se la considera uno de los mayores escritos testimoniales acerca de la Conquista, y en su tiempo fue habitualmente leída como una crónica verídica de los sucesos de Chile.
La Araucana había sido precedida por una gran cantidad de textos españoles que describían el Nuevo Mundo a los lectores europeos, como los Naufragios de Cabeza de Vaca, que relataban las aventuras de su autor en Norteamérica, o la Historia verdadera de la conquista de Nueva España de Bernal Díaz del Castillo, que divulgó la asombrosa caída del Imperio azteca. Sin embargo, La Araucana se distinguió entre estos libros como la primera obra de literatura culta, dedicada al tema con claras ambiciones artísticas.
Luego de La Araucana, surgió una gran cantidad de obras sobre temas americanos que imitaban su estilo poético: La Argentina, Arauco domado y Purén indómito, etc. Con el paso del tiempo, en estos textos se acrecentó el distanciamiento respecto de la crónica y narración de hechos históricos. Los autores optaron por trasladar temáticas del Renacimiento europeo al exótico escenario americano. Así, muchos de estos poemas realmente trataban más sobre sentencias morales, el amor romántico o tópicos latinos, que acerca de la Conquista.
La trama incluye episodios históricos como la captura y ejecución de Pedro de Valdivia así como la muerte de los caciques mapuches Lautaro y Caupolicán. Sin embargo, también se insertan sucesos fantásticos, como el de un hechicero que eleva al narrador en un vuelo sobre la Tierra, permitiéndole ver acontecimientos que suceden en Europa y Oriente Medio, como la batalla de Lepanto.
Destaca también el episodio del encuentro con una mujer indígena, Tegualda, que busca a su marido, Crepino, entre los muertos en un campo de batalla. Este último relato es una muestra del aspecto humanista del trabajo de Ercilla y de su condolencia por la suerte corrida por el pueblo indígena, describiendo la carencia de malicia y vicios en la gente hasta la llegada de los españoles. Los versos rinden loas a la valentía tanto de conquistadores como de indígenas.
La Araucana (1569, 1578 y 1589) es un poema épico del español Alonso de Ercilla que relata la primera fase de la Guerra de Arauco entre españoles y mapuches.
Según el propio autor, que participó en dicho conflicto, el poema fue escrito durante su estadía en Chile usando, a manera de papel, cortezas de árboles y otros elementos rústicos. Ercilla, quien como antiguo paje de la corte de Felipe II contaba con una educación mayor a la del promedio de los conquistadores, había llegado a dicho país como parte de la expedición de refuerzo comandada por el nuevo gobernador García Hurtado de Mendoza.
Tras el regreso de Ercilla a España, el libro fue publicado en Madrid en tres partes a lo largo de dos décadas. El primer volumen se editó en 1569; el segundo, en 1578; y el tercero, en 1589. El libro obtuvo, entonces, un considerable éxito entre los lectores.
Aunque la historicidad de muchos de los relatos que aparecen en la obra es relativa, se la considera uno de los mayores escritos testimoniales acerca de la Conquista, y en su tiempo fue habitualmente leída como una crónica verídica de los sucesos de Chile.
La Araucana había sido precedida por una gran cantidad de textos españoles que describían el Nuevo Mundo a los lectores europeos, como los Naufragios de Cabeza de Vaca, que relataban las aventuras de su autor en Norteamérica, o la Historia verdadera de la conquista de Nueva España de Bernal Díaz del Castillo, que divulgó la asombrosa caída del Imperio azteca. Sin embargo, La Araucana se distinguió entre estos libros como la primera obra de literatura culta, dedicada al tema con claras ambiciones artísticas.
Luego de La Araucana, surgió una gran cantidad de obras sobre temas americanos que imitaban su estilo poético: La Argentina, Arauco domado y Purén indómito, etc. Con el paso del tiempo, en estos textos se acrecentó el distanciamiento respecto de la crónica y narración de hechos históricos. Los autores optaron por trasladar temáticas del Renacimiento europeo al exótico escenario americano. Así, muchos de estos poemas realmente trataban más sobre sentencias morales, el amor romántico o tópicos latinos, que acerca de la Conquista.
La trama incluye episodios históricos como la captura y ejecución de Pedro de Valdivia así como la muerte de los caciques mapuches Lautaro y Caupolicán. Sin embargo, también se insertan sucesos fantásticos, como el de un hechicero que eleva al narrador en un vuelo sobre la Tierra, permitiéndole ver acontecimientos que suceden en Europa y Oriente Medio, como la batalla de Lepanto.
Destaca también el episodio del encuentro con una mujer indígena, Tegualda, que busca a su marido, Crepino, entre los muertos en un campo de batalla. Este último relato es una muestra del aspecto humanista del trabajo de Ercilla y de su condolencia por la suerte corrida por el pueblo indígena, describiendo la carencia de malicia y vicios en la gente hasta la llegada de los españoles. Los versos rinden loas a la valentía tanto de conquistadores como de indígenas.
29).-La Austríada, de Juan Rufo.
La Austríada de Juan Rufo fue dirigida a la Sacra, Cesárea Real Majestad de la Emperatriz de Romanos, reina de Bohemia y Hungría, etc. La dedicatoria está firmada en Madrid, a 20 de marzo de 1582. En la introducción de dicho poema aparecen sonetos de Pedro Gutiérrez Rufo (hermano del autor), Miguel de Baeza Montoya, Luis de Vargas, Diego de Rojas Manrique, Francisco Cabero, Luis de Góngora y Miguel de Cervantes, así como unas estancias de Lupercio Leonardo de Argensola. Este poema épico consta de 24 cantos.
30).-El Monserrate, de Cristóbal de Virués.
El Monserrate, es un poema narrativo en veinte cantos, en octavas, del poeta español Cristóbal de Virués, publicado en Madrid, en 1587, y que desarrolla la leyenda del monje Garín y de la fundación del Monasterio de Montserrat.
31).-Las lágrimas de Angélica, de Luis Barahona de Soto.
La primera parte de la Angélica, más conocida como Las lágrimas de Angélica, es un poema caballeresco del escritor español Luis Barahona de Soto, publicado en 1586.
La obra se plantea, dentro de la tendencia italianizante importada por Boscán y Garcilaso, como una continuación del Orlando Furioso, y narra las peripecias vividas por la hermosa Angélica tras su matrimonio con Medoro, sus esfuerzos para huir de la persecución de Orlando, prisiones, encantamientos y las tribulaciones vividas para la reconquista del reino de Catay, del que se había apoderado una reina rival.
En el capítulo VII se mencionan dos obras más:
32.-La Carolea, de Jerónimo Sempere.
Jerónimo Sempere, poeta español de Renacimiento, llamado también Jerónimo Sampere o Jerónimo de Sampedro.
Seguramente de origen valenciano, pues habló dicha lengua y en 1532 organizó en la iglesia de Santa Catalina Mártir el último certamen poético de cierta importancia en valenciano. Luego compondría un mediocre poema de épica culta en español, La Carolea (1560), que narra algunos momentos de la vida del emperador Carlos V; la obra adolece de maniqueísmo, pues mientras que el héroe aparece adornado de todas las perfecciones Francisco I de Francia no posee ninguna, es déspota y necio.
Hay personajes alegóricos, como la Fama y la Esperanza, descripciones del infierno, sueños proféticos y visiones fantásticas. Consta de dos partes y cada una va precedida de un resumen argumental. Aunque alguna vez cae en la monotonía, la obra posee un lenguaje ágil. Se inicia poco antes de la batalla de Pavía y termina con la derrota turca de Buda. Se compondrá luego otra obra de igual título por Juan Ochoa de la Salde, de 1585. Ambas son laudatorias composiciones en verso enaltecedoras de la figura de Carlos V. La Carolea fue elogiada por Cervantes en el capítulo VII de la primera parte del Quijote, después del escrutinio de la biblioteca de Don Quijote.
Jerónimo Sempere, poeta español de Renacimiento, llamado también Jerónimo Sampere o Jerónimo de Sampedro.
Seguramente de origen valenciano, pues habló dicha lengua y en 1532 organizó en la iglesia de Santa Catalina Mártir el último certamen poético de cierta importancia en valenciano. Luego compondría un mediocre poema de épica culta en español, La Carolea (1560), que narra algunos momentos de la vida del emperador Carlos V; la obra adolece de maniqueísmo, pues mientras que el héroe aparece adornado de todas las perfecciones Francisco I de Francia no posee ninguna, es déspota y necio.
Hay personajes alegóricos, como la Fama y la Esperanza, descripciones del infierno, sueños proféticos y visiones fantásticas. Consta de dos partes y cada una va precedida de un resumen argumental. Aunque alguna vez cae en la monotonía, la obra posee un lenguaje ágil. Se inicia poco antes de la batalla de Pavía y termina con la derrota turca de Buda. Se compondrá luego otra obra de igual título por Juan Ochoa de la Salde, de 1585. Ambas son laudatorias composiciones en verso enaltecedoras de la figura de Carlos V. La Carolea fue elogiada por Cervantes en el capítulo VII de la primera parte del Quijote, después del escrutinio de la biblioteca de Don Quijote.
33.-León de España.
34.-Comentario de la guerra de Alemania hecha por Carlos V, máximo emperador romano, rey de España de Luis de Ávila.
El nombre de la rosa (Umberto Eco), la biblioteca-laberinto.
La rosa, por presentar variadas curvas en sus pétalos y tallos se asemeja a un laberinto, lugar donde se encuentra la biblioteca de los libros perdidos, típica de la arquitectura gótico-medieval. La biblioteca está dividida en secciones según los países de origen de los autores:
ACAIA (Grecia), IUDAEA (Judea), AEGYPTUS (Egipto), LEONES (África), YSPANIA (España), HIBERNIA (Irlanda), ROMA, GALLIA (Francia), ANGLIA (Inglaterra), GERMANIA (Alemania), FONS ADAE (significa "Paraíso", contiene Biblias).
Umberto Eco reitera su admiración y la influencia de Jorge Luis Borges cuando declara que "después de que Borges ha escrito La biblioteca de Babel es imposible para cualquier escritor hablar de una biblioteca sin pensar en la de Borges", respondiendo así a mención de la biblioteca-laberinto que figura en su novela y al personaje Jorge de Burgos, el monje español obsesionado con el Apocalipsis y las miniaturas medievales.
Eco describe en su libro, como contestando a todos aquellos que le preguntan por la relación entre el personaje y el escritor argentino, que "quería que un ciego custodiase una biblioteca ( ... ) y biblioteca más ciego sólo puede dar Borges."
La biblioteca que nos describe Umberto Eco aquí cuenta que era una de las mejores que existían entonces, ya que poseía más libros que cualquier otra biblioteca cristiana.
Muchos monjes iban allí, procedentes de otra abadías situadas en diferentes partes del mundo, simplemente para copiar algún manuscrito, trayendo, a cambio, algún manuscrito raro para que lo copiasen los monjes que estaban allí. Otros permanecen allí, mucho tiempo, incluso hasta su muerte, porque solo en esta biblioteca pueden encontrar las obras capaces de iluminar sus estudios.
La biblioteca ha sido construida según un plano que solo el bibliotecario conoce y que se transmiten entre ellos. Sólo el bibliotecario está autorizado a moverse por el laberinto de los libros, sólo el sabe dónde encontrarlos y dónde guardarlos, sólo él es el responsable de su conservación.
¿Cómo se usaba?
Los otros monjes trabajaban en el scriptorium y podían conocer la lista de los volúmenes que contenía la biblioteca. Pero sólo el bibliotecario sabe por la colocación del volumen, por su grado de inaccesibilidad, qué tipo de secretos, de verdades o de mentiras encierra cada libro. Sólo el decide cómo, cuándo y si conviene suministrarlo al monje que lo solicita.
El libro es una criatura frágil, se desgasta con el tiempo, teme a los roedores, resiste mal la intemperie y sufre cuando cae en manos inexpertas.
Por tanto, el bibliotecario los defiende no sólo de los hombres sino también de la naturaleza y consagra su vida a esa guerra contra las fuerzas del olvido, que es enemigo de la verdad.
El monje debía pedir al bibliotecario la obra que deseaba consultar y éste iba a buscarla a la biblioteca, situada en el piso de arriba, siempre y cuando se tratase de un pedido justo y pío.
¿Cómo estaba ordenada?
Los libros estaban registrados según el orden de las adquisiciones, de las donaciones, de su entrada en este recinto.
En un voluminoso códice había unas apretadas listas inscritas. Había unas anotaciones junto a cada título. El primer número indicaba la posición del libro en el anaquel o gradus, que a su vez estaba indicado por el segundo. El tercer número indicaba el armario y las otras expresiones designaban una habitación o un pasillo de la biblioteca. Pero aún así, sólo el bibliotecario sabía descifrar todas estas cosas. La planta de la biblioteca reproducía el mapa del mundo. Los libros estaban colocados por los países de origen o por el sitio donde nacieron los autores o donde deberían haber nacido.
Tres son los autores consagrados que han escrito relatos en los que una biblioteca es el centro de la narración: Borges, Bradbury y Umberto Eco
En este artículo no se habla de la literatura en las bibliotecas, que abunda, sino de las bibliotecas en la literatura, que son escasas. Existen muchas obras de ficción sobre libros y en gran parte de ellas aparecen bibliotecas, pero en muy pocas estos locales son los elementos principales de la narración. Podría decirse que las bibliotecas están llenas de novelas pero muy pocas novelas hablan de bibliotecas.
Nota.
Pueden considerarse cuatro las narraciones literarias más reconocidas cuyo argumento gira en torno a una gran biblioteca: “El nombre de la rosa” de Umberto Eco, “La biblioteca de Babel” de Jorge Luis Borges y “Phenix Brillante” y “Farenheit 451”de Ray Bradbury.
Evidente resulta que Umberto Eco se dejó influir por el relato de Borges. La biblioteca laberíntica de torreones heptagonales es un claro tributo a la biblioteca de Babel. Pero no es el único guiño que el italiano le hace al argentino: en "Apostillas a El nombre de la rosa", reconoce expresamente esta influencia. Curioso el colofón con que acaba el párrafo. Será también la frase final de este artículo.
“Todos me preguntaban por qué mi Jorge evoca por el nombre a Borges y por qué Borges es tan malvado. No lo sé. Quería un ciego que custodie una biblioteca (me parecía un buena idea narrativa), y biblioteca más ciego sólo puede dar Borges, también porque las deudas se pagan."
El universo (que otros llaman la Biblioteca) se componte de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercados por barandas bajísimas.
Desde cualquier hexágono se ven los pisos inferiores y superiores: interminablemente. La distribución de las galerías es invariable. Veinte anaqueles, a cinco largos anaqueles por lado, cubren todos los lados menos dos; su altura, que es la de los pisos, excede apenas la de un bibliotecario normal. Una de las caras libres da a un angosto zaguán, que desemboca en otra galería, idéntica a la primera y a todas. A izquierda y a derecha del zaguán hay dos gabinetes minúsculos. Uno permite dormir de pie; otro, satisfacer las necesidades finales. Por ahí pasa la escalera espiral, que se abisma y se eleva hacia lo remoto. En el zaguán hay un espejo, que fielmente duplica las apariencias. Los hombres suelen inferir de ese espejo que la Biblioteca no es infinita (si lo fuera realmente ¿a qué esa duplicación ilusoria?); yo prefiero soñar que las superficies bruñidas figuran y prometen el infinito... La luz procede de unas frutas esféricas que llevan el nombre de lámparas. Hay dos en cada hexágono: transversales. La luz que emiten es insuficiente, incesante.
Como todos los hombres de la Biblioteca, he viajado en mi juventud; he peregrinado en busca de un libro, acaso del catálogo de catálogos; ahora que mis ojos casi no pueden descifrar lo que escribo, me preparo a morir a unas pocas leguas del hexágono en que nací. Muerto, no faltarán manos piadosas que me tiren por la baranda; mi sepultura será el aire insondable; mi cuerpo se hundirá largamente y se corromperá y disolverá en el viento engendrado por la caída, que es infinita. Yo afirmo que la Biblioteca es interminable. Los idealistas arguyen que las salas hexagonales son una forma necesaria del espacio absoluto o, por lo menos, de nuestra intuición del espacio. Razonan que es inconcebible una sala triangular o pentagonal. (Los místicos pretenden que el éxtasis les revela una cámara circular con un gran libro circular de lomo continuo, que da toda la vuelta de las paredes; pero su testimonio es sospechoso; sus palabras, oscuras. Ese libro cíclico es Dios.) Básteme, por ahora, repetir el dictamen clásico: La Biblioteca es una esfera cuyo centro cabal es cualquier hexágono, cuya circunferencia es inaccesible.
A cada uno de los muros de cada hexágono corresponden cinco anaqueles; cada anaquel encierra treinta y dos libros de formato uniforme; cada libro es de cuatrocientas diez páginas; cada página, de cuarenta renglones; cada renglón, de unas ochenta letras de color negro. También hay letras en el dorso de cada libro; esas letras no indican o prefiguran lo que dirán las páginas. Sé que esa inconexión, alguna vez, pareció misteriosa. Antes de resumir la solución (cuyo descubrimiento, a pesar de sus trágicas proyecciones, es quizá el hecho capital de la historia) quiero rememorar algunos axiomas.
El primero: La Biblioteca existe ab alterno. De esa verdad cuyo colorario inmediato es la eternidad futura del mundo, ninguna mente razonable puede dudar. El hombre, el imperfecto bibliotecario, puede ser obra del azar o de los demiurgos malévolos; el universo, con su elegante dotación de anaqueles, de tomos enigmáticos, de infatigables escaleras para el viajero y de letrinas para el bibliotecario sentado, sólo puede ser obra de un dios. Para percibir la distancia que hay entre lo divino y lo humano, basta comparar estos rudos símbolos trémulos que mi falible mano garabatea en la tapa de un libro, con las letras orgánicas del interior: puntuales, delicadas, negrísimas, inimitablemente simétricas.
El segundo: El número de símbolos ortográficos es veinticinco. Esa comprobación permitió, hace trescientos años, formular una teoría general de la Biblioteca y resolver satisfactoriamente el problema que ninguna conjetura había descifrado: la naturaleza informe y caótica de casi todos los libros. Uno, que mi padre vio en un hexágono del circuito quince noventa y cuatro, constaba de las letras MCV perversamente repetidas desde el renglón primero hasta el último. Otro (muy consultado en esta zona) es un mero laberinto de letras, pero la página penúltima dice «Oh tiempo tus pirámides». Ya se sabe: por una línea razonable o una recta noticia hay leguas de insensatas cacofonías, de fárragos verbales y de incoherencias. (Yo sé de una región cerril cuyos bibliotecarios repudian la supersticiosa y vana costumbre de buscar sentido en los libros y la equiparan a la de buscarlo en los sueños o en las líneas caóticas de la mano... Admiten que los inventores de la escritura imitaron los veinticinco símbolos naturales, pero sostienen que esa aplicación es casual y que los libros nada significan en sí. Ese dictamen, ya veremos no es del todo falaz.)
Durante mucho tiempo se creyó que esos libros impenetrables correspondían a lenguas pretéritas o remotas. Es verdad que los hombres más antiguos, los primeros bibliotecarios, usaban un lenguaje asaz diferente del que hablamos ahora; es verdad que unas millas a la derecha la lengua es dialectal y que noventa pisos más arriba, es incomprensible. Todo eso, lo repito, es verdad, pero cuatrocientas diez páginas de inalterables MCV no pueden corresponder a ningún idioma, por dialectal o rudimentario que sea. Algunos insinuaron que cada letra podía influir en la subsiguiente y que el valor de MCV en la tercera línea de la página 71 no era el que puede tener la misma serie en otra posición de otra página, pero esa vaga tesis no prosperó. Otros pensaron en criptografías; universalmente esa conjetura ha sido aceptada, aunque no en el sentido en que la formularon sus inventores.
Hace quinientos años, el jefe de un hexágono superior dio con un libro tan confuso como los otros, pero que tenía casi dos hojas de líneas homogéneas. Mostró su hallazgo a un descifrador ambulante, que le dijo que estaban redactadas en portugués; otros le dijeron que en yiddish. Antes de un siglo pudo establecerse el idioma: un dialecto samoyedo-lituano del guaraní, con inflexiones de árabe clásico. También se descifró el contenido: nociones de análisis combinatorio, ilustradas por ejemplos de variaciones con repetición ilimitada. Esos ejemplos permitieron que un bibliotecario de genio descubriera la ley fundamental de la Biblioteca. Este pensador observó que todos los libros, por diversos que sean, constan de elementos iguales: el espacio, el punto, la coma, las veintidós letras del alfabeto. También alegó un hecho que todos los viajeros han confirmado: No hay en la vasta Biblioteca, dos libros idénticos. De esas premisas incontrovertibles dedujo que la Biblioteca es total y que sus anaqueles registran todas las posibles combinaciones de los veintitantos símbolos ortográficos (número, aunque vastísimo, no infinito) o sea todo lo que es dable expresar: en todos los idiomas. Todo: la historia minuciosa del porvenir, las autobiografías de los arcángeles, el catálogo fiel de la Biblioteca, miles y miles de catálogos falsos, la demostración de la falacia de esos catálogos, la demostración de la falacia del catálogo verdadero, el evangelio gnóstico de Basilides, el comentario de ese evangelio, el comentario del comentario de ese evangelio, la relación verídica de tu muerte, la versión de cada libro a todas las lenguas, las interpolaciones de cada libro en todos los libros, el tratado que Beda pudo escribir (y no escribió) sobre la mitología de los sajones, los libros perdidos de Tácito.
Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión fue de extravagante felicidad. Todos los hombres se sintieron señores de un tesoro intacto y secreto. No había problema personal o mundial cuya elocuente solución no existiera: en algún hexágono. El universo estaba justificado, el universo bruscamente usurpó las dimensiones ilimitadas de la esperanza. En aquel tiempo se habló mucho de las Vindicaciones: libros de apología y de profecía, que para siempre vindicaban los actos de cada hombre del universo y guardaban arcanos prodigiosos para su porvenir. Miles de codiciosos abandonaron el dulce hexágono natal y se lanzaron escaleras arriba, urgidos por el vano propósito de encontrar su Vindicación. Esos peregrinos disputaban en los corredores estrechos, proferían oscuras maldiciones, se estrangulaban en las escaleras divinas, arrojaban los libros engañosos al fondo de los túneles, morían despeñados por los hombres de regiones remotas. Otros se enloquecieron... Las Vindicaciones existen (yo he visto dos que se refieren a personas del porvenir, a personas acaso no imaginarias) pero los buscadores no recordaban que la posibilidad de que un hombre encuentre la suya, o alguna pérfida variación de la suya, es computable en cero.
También se esperó entonces la aclaración de los misterios básicos de la humanidad: el origen de la Biblioteca y del tiempo. Es verosímil que esos graves misterios puedan explicarse en palabras: si no basta el lenguaje de los filósofos, la multiforme Biblioteca habrá producido el idioma inaudito que se requiere y los vocabularios y gramáticas de ese idioma. Hace ya cuatro siglos que los hombres fatigan los hexágonos... Hay buscadores oficiales, inquisidores. Yo los he visto en el desempeño de su función: llegan siempre rendidos; hablan de una escalera sin peldaños que casi los mató; hablan de galerías y de escaleras con el bibliotecario; alguna vez, toman el libro más cercano y lo hojean, en busca de palabras infames. Visiblemente, nadie espera descubrir nada.
A la desaforada esperanza, sucedió, como es natural, una depresión excesiva. La certidumbre de que algún anaquel en algún hexágono encerraba libros preciosos y de que esos libros preciosos eran inaccesibles, pareció casi intolerable. Una secta blasfema sugirió que cesaran las buscas y que todos los hombres barajaran letras y símbolos, hasta construir, mediante un improbable don del azar, esos libros canónicos. Las autoridades se vieron obligadas a promulgar órdenes severas. La secta desapareció, pero en mi niñez he visto hombres viejos que largamente se ocultaban en las letrinas, con unos discos de metal en un cubilete prohibido, y débilmente remedaban el divino desorden.
Otros, inversamente, creyeron que lo primordial era eliminar las obras inútiles. Invadían los hexágonos, exhibían credenciales no siempre falsas, hojeaban con fastidio un volumen y condenaban anaqueles enteros: a su furor higiénico, ascético, se debe la insensata perdición de millones de libros. Su nombre es execrado, pero quienes deploran los «tesoros» que su frenesí destruyó, negligen dos hechos notorios. Uno: la Biblioteca es tan enorme que toda reducción de origen humano resulta infinitesimal. Otro: cada ejemplar es único, irreemplazable, pero (como la Biblioteca es total) hay siempre varios centenares de miles de facsímiles imperfectos: de obras que no difieren sino por una letra o por una coma. Contra la opinión general, me atrevo a suponer que las consecuencias de las depredaciones cometidas por los Purificadores, han sido exageradas por el horror que esos fanáticos provocaron. Los urgía el delirio de conquistar los libros del Hexágono Carmesí: libros de formato menor que los naturales; omnipotentes, ilustrados y mágicos.
También sabemos de otra superstición de aquel tiempo: la del Hombre del Libro. En algún anaquel de algún hexágono (razonaron los hombres) debe existir un libro que sea la cifra y el compendio perfecto de todos los demás: algún bibliotecario lo ha recorrido y es análogo a un dios. En el lenguaje de esta zona persisten aún vestigios del culto de ese funcionario remoto. Muchos peregrinaron en busca de Él. Durante un siglo fatigaron en vano los más diversos rumbos. ¿Cómo localizar el venerado hexágono secreto que lo hospedaba? Alguien propuso un método regresivo: Para localizar el libro A, consultar previamente un libro B que indique el sitio de A; para localizar el libro B, consultar previamente un libro C, y así hasta lo infinito... En aventuras de ésas, he prodigado y consumido mis años. No me parece inverosímil que en algún anaquel del universo haya un libro total; ruego a los dioses ignorados que un hombre - ¡uno solo, aunque sea, hace miles de años! - lo haya examinado y leído. Si el honor y la sabiduría y la felicidad no son para mí, que sean para otros. Que el cielo exista, aunque mi lugar sea el infierno. Que yo sea ultrajado y aniquilado, pero que en un instante, en un ser, Tu enorme Biblioteca se justifique.
Afirman los impíos que el disparate es normal en la Biblioteca y que lo razonable (y aun la humilde y pura coherencia) es una casi milagrosa excepción. Hablan (lo sé) de «la Biblioteca febril, cuyos azarosos volúmenes corren el incesante albur de cambiarse en otros y que todo lo afirman, lo niegan y lo confunden como una divinidad que delira». Esas palabras que no sólo denuncian el desorden sino que lo ejemplifican también, notoriamente prueban su gusto pésimo y su desesperada ignorancia. En efecto, la Biblioteca incluye todas las estructuras verbales, todas las variaciones que permiten los veinticinco símbolos ortográficos, pero no un solo disparate absoluto. Inútil observar que el mejor volumen de los muchos hexágonos que administro se titula «Trueno peinado», y otro «El calambre de yeso» y otro «Axaxaxas mlo». Esas proposiciones, a primera vista incoherentes, sin duda son capaces de una justificación criptográfica o alegórica; esa justificación es verbal y, ex hypothesi, ya figura en la Biblioteca. No puedo combinar unos caracteres dhcmrlchtdj que la divina Biblioteca no haya previsto y que en alguna de sus lenguas secretas no encierren un terrible sentido. Nadie puede articular una sílaba que no esté llena de ternuras y de temores; que no sea en alguno de esos lenguajes el nombre poderoso de un dios. Hablar es incurrir en tautologías.
Esta epístola inútil y palabrera ya existe en uno de los treinta volúmenes de los cinco anaqueles de uno de los incontables hexágonos, y también su refutación. (Un número n de lenguajes posibles usa el mismo vocabulario; en algunos, el símbolo biblioteca admite la correcta definición ubicuo y perdurable sistema de galerías hexagonales, pero biblioteca es pan o pirámide o cualquier otra cosa, y las siete palabras que la definen tienen otro valor. Tú, que me lees, ¿estás seguro de entender mi lenguaje?).
La escritura metódica me distrae de la presente condición de los hombres. La certidumbre de que todo está escrito nos anula o nos afantasma. Yo conozco distritos en que los jóvenes se prosternan ante los libros y besan con barbarie las páginas, pero no saben descifrar una sola letra. Las epidemias, las discordias heréticas, las peregrinaciones que inevitablemente degeneran en bandolerismo, han diezmado la población. Creo haber mencionado los suicidios, cada año más frecuentes. Quizá me engañen la vejez y el temor, pero sospecho que la especie humana - la única - está por extinguirse y que la Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta.
Acabo de escribir infinita. No he interpolado ese adjetivo por una costumbre retórica; digo que no es ilógico pensar que el mundo es infinito. Quienes lo juzgan limitado, postulan que en lugares remotos los corredores y escaleras y hexágonos pueden inconcebiblemente cesar, lo cual es absurdo. Quienes la imaginan sin límites, olvidan que los tiene el número posible de libros. Yo me atrevo a insinuar esta solución del antiguo problema: La biblioteca es ilimitada y periódica. Si un eterno viajero la atravesara en cualquier dirección, comprobaría al cabo de los siglos que los mismos volúmenes se repiten en el mismo desorden (que, repetido, sería un orden: el Orden). Mi soledad se alegra con esa elegante esperanza.
Tres son los autores consagrados que han escrito relatos en los que una biblioteca es el centro de la narración: Borges, Bradbury y Umberto Eco
En este artículo no se habla de la literatura en las bibliotecas, que abunda, sino de las bibliotecas en la literatura, que son escasas. Existen muchas obras de ficción sobre libros y en gran parte de ellas aparecen bibliotecas, pero en muy pocas estos locales son los elementos principales de la narración. Podría decirse que las bibliotecas están llenas de novelas pero muy pocas novelas hablan de bibliotecas.
Nota.
Pueden considerarse cuatro las narraciones literarias más reconocidas cuyo argumento gira en torno a una gran biblioteca: “El nombre de la rosa” de Umberto Eco, “La biblioteca de Babel” de Jorge Luis Borges y “Phenix Brillante” y “Farenheit 451”de Ray Bradbury.
Evidente resulta que Umberto Eco se dejó influir por el relato de Borges. La biblioteca laberíntica de torreones heptagonales es un claro tributo a la biblioteca de Babel. Pero no es el único guiño que el italiano le hace al argentino: en "Apostillas a El nombre de la rosa", reconoce expresamente esta influencia. Curioso el colofón con que acaba el párrafo. Será también la frase final de este artículo.
“Todos me preguntaban por qué mi Jorge evoca por el nombre a Borges y por qué Borges es tan malvado. No lo sé. Quería un ciego que custodie una biblioteca (me parecía un buena idea narrativa), y biblioteca más ciego sólo puede dar Borges, también porque las deudas se pagan."
La Biblioteca de Babel.
Desde cualquier hexágono se ven los pisos inferiores y superiores: interminablemente. La distribución de las galerías es invariable. Veinte anaqueles, a cinco largos anaqueles por lado, cubren todos los lados menos dos; su altura, que es la de los pisos, excede apenas la de un bibliotecario normal. Una de las caras libres da a un angosto zaguán, que desemboca en otra galería, idéntica a la primera y a todas. A izquierda y a derecha del zaguán hay dos gabinetes minúsculos. Uno permite dormir de pie; otro, satisfacer las necesidades finales. Por ahí pasa la escalera espiral, que se abisma y se eleva hacia lo remoto. En el zaguán hay un espejo, que fielmente duplica las apariencias. Los hombres suelen inferir de ese espejo que la Biblioteca no es infinita (si lo fuera realmente ¿a qué esa duplicación ilusoria?); yo prefiero soñar que las superficies bruñidas figuran y prometen el infinito... La luz procede de unas frutas esféricas que llevan el nombre de lámparas. Hay dos en cada hexágono: transversales. La luz que emiten es insuficiente, incesante.
Como todos los hombres de la Biblioteca, he viajado en mi juventud; he peregrinado en busca de un libro, acaso del catálogo de catálogos; ahora que mis ojos casi no pueden descifrar lo que escribo, me preparo a morir a unas pocas leguas del hexágono en que nací. Muerto, no faltarán manos piadosas que me tiren por la baranda; mi sepultura será el aire insondable; mi cuerpo se hundirá largamente y se corromperá y disolverá en el viento engendrado por la caída, que es infinita. Yo afirmo que la Biblioteca es interminable. Los idealistas arguyen que las salas hexagonales son una forma necesaria del espacio absoluto o, por lo menos, de nuestra intuición del espacio. Razonan que es inconcebible una sala triangular o pentagonal. (Los místicos pretenden que el éxtasis les revela una cámara circular con un gran libro circular de lomo continuo, que da toda la vuelta de las paredes; pero su testimonio es sospechoso; sus palabras, oscuras. Ese libro cíclico es Dios.) Básteme, por ahora, repetir el dictamen clásico: La Biblioteca es una esfera cuyo centro cabal es cualquier hexágono, cuya circunferencia es inaccesible.
A cada uno de los muros de cada hexágono corresponden cinco anaqueles; cada anaquel encierra treinta y dos libros de formato uniforme; cada libro es de cuatrocientas diez páginas; cada página, de cuarenta renglones; cada renglón, de unas ochenta letras de color negro. También hay letras en el dorso de cada libro; esas letras no indican o prefiguran lo que dirán las páginas. Sé que esa inconexión, alguna vez, pareció misteriosa. Antes de resumir la solución (cuyo descubrimiento, a pesar de sus trágicas proyecciones, es quizá el hecho capital de la historia) quiero rememorar algunos axiomas.
El primero: La Biblioteca existe ab alterno. De esa verdad cuyo colorario inmediato es la eternidad futura del mundo, ninguna mente razonable puede dudar. El hombre, el imperfecto bibliotecario, puede ser obra del azar o de los demiurgos malévolos; el universo, con su elegante dotación de anaqueles, de tomos enigmáticos, de infatigables escaleras para el viajero y de letrinas para el bibliotecario sentado, sólo puede ser obra de un dios. Para percibir la distancia que hay entre lo divino y lo humano, basta comparar estos rudos símbolos trémulos que mi falible mano garabatea en la tapa de un libro, con las letras orgánicas del interior: puntuales, delicadas, negrísimas, inimitablemente simétricas.
El segundo: El número de símbolos ortográficos es veinticinco. Esa comprobación permitió, hace trescientos años, formular una teoría general de la Biblioteca y resolver satisfactoriamente el problema que ninguna conjetura había descifrado: la naturaleza informe y caótica de casi todos los libros. Uno, que mi padre vio en un hexágono del circuito quince noventa y cuatro, constaba de las letras MCV perversamente repetidas desde el renglón primero hasta el último. Otro (muy consultado en esta zona) es un mero laberinto de letras, pero la página penúltima dice «Oh tiempo tus pirámides». Ya se sabe: por una línea razonable o una recta noticia hay leguas de insensatas cacofonías, de fárragos verbales y de incoherencias. (Yo sé de una región cerril cuyos bibliotecarios repudian la supersticiosa y vana costumbre de buscar sentido en los libros y la equiparan a la de buscarlo en los sueños o en las líneas caóticas de la mano... Admiten que los inventores de la escritura imitaron los veinticinco símbolos naturales, pero sostienen que esa aplicación es casual y que los libros nada significan en sí. Ese dictamen, ya veremos no es del todo falaz.)
Durante mucho tiempo se creyó que esos libros impenetrables correspondían a lenguas pretéritas o remotas. Es verdad que los hombres más antiguos, los primeros bibliotecarios, usaban un lenguaje asaz diferente del que hablamos ahora; es verdad que unas millas a la derecha la lengua es dialectal y que noventa pisos más arriba, es incomprensible. Todo eso, lo repito, es verdad, pero cuatrocientas diez páginas de inalterables MCV no pueden corresponder a ningún idioma, por dialectal o rudimentario que sea. Algunos insinuaron que cada letra podía influir en la subsiguiente y que el valor de MCV en la tercera línea de la página 71 no era el que puede tener la misma serie en otra posición de otra página, pero esa vaga tesis no prosperó. Otros pensaron en criptografías; universalmente esa conjetura ha sido aceptada, aunque no en el sentido en que la formularon sus inventores.
Hace quinientos años, el jefe de un hexágono superior dio con un libro tan confuso como los otros, pero que tenía casi dos hojas de líneas homogéneas. Mostró su hallazgo a un descifrador ambulante, que le dijo que estaban redactadas en portugués; otros le dijeron que en yiddish. Antes de un siglo pudo establecerse el idioma: un dialecto samoyedo-lituano del guaraní, con inflexiones de árabe clásico. También se descifró el contenido: nociones de análisis combinatorio, ilustradas por ejemplos de variaciones con repetición ilimitada. Esos ejemplos permitieron que un bibliotecario de genio descubriera la ley fundamental de la Biblioteca. Este pensador observó que todos los libros, por diversos que sean, constan de elementos iguales: el espacio, el punto, la coma, las veintidós letras del alfabeto. También alegó un hecho que todos los viajeros han confirmado: No hay en la vasta Biblioteca, dos libros idénticos. De esas premisas incontrovertibles dedujo que la Biblioteca es total y que sus anaqueles registran todas las posibles combinaciones de los veintitantos símbolos ortográficos (número, aunque vastísimo, no infinito) o sea todo lo que es dable expresar: en todos los idiomas. Todo: la historia minuciosa del porvenir, las autobiografías de los arcángeles, el catálogo fiel de la Biblioteca, miles y miles de catálogos falsos, la demostración de la falacia de esos catálogos, la demostración de la falacia del catálogo verdadero, el evangelio gnóstico de Basilides, el comentario de ese evangelio, el comentario del comentario de ese evangelio, la relación verídica de tu muerte, la versión de cada libro a todas las lenguas, las interpolaciones de cada libro en todos los libros, el tratado que Beda pudo escribir (y no escribió) sobre la mitología de los sajones, los libros perdidos de Tácito.
Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión fue de extravagante felicidad. Todos los hombres se sintieron señores de un tesoro intacto y secreto. No había problema personal o mundial cuya elocuente solución no existiera: en algún hexágono. El universo estaba justificado, el universo bruscamente usurpó las dimensiones ilimitadas de la esperanza. En aquel tiempo se habló mucho de las Vindicaciones: libros de apología y de profecía, que para siempre vindicaban los actos de cada hombre del universo y guardaban arcanos prodigiosos para su porvenir. Miles de codiciosos abandonaron el dulce hexágono natal y se lanzaron escaleras arriba, urgidos por el vano propósito de encontrar su Vindicación. Esos peregrinos disputaban en los corredores estrechos, proferían oscuras maldiciones, se estrangulaban en las escaleras divinas, arrojaban los libros engañosos al fondo de los túneles, morían despeñados por los hombres de regiones remotas. Otros se enloquecieron... Las Vindicaciones existen (yo he visto dos que se refieren a personas del porvenir, a personas acaso no imaginarias) pero los buscadores no recordaban que la posibilidad de que un hombre encuentre la suya, o alguna pérfida variación de la suya, es computable en cero.
También se esperó entonces la aclaración de los misterios básicos de la humanidad: el origen de la Biblioteca y del tiempo. Es verosímil que esos graves misterios puedan explicarse en palabras: si no basta el lenguaje de los filósofos, la multiforme Biblioteca habrá producido el idioma inaudito que se requiere y los vocabularios y gramáticas de ese idioma. Hace ya cuatro siglos que los hombres fatigan los hexágonos... Hay buscadores oficiales, inquisidores. Yo los he visto en el desempeño de su función: llegan siempre rendidos; hablan de una escalera sin peldaños que casi los mató; hablan de galerías y de escaleras con el bibliotecario; alguna vez, toman el libro más cercano y lo hojean, en busca de palabras infames. Visiblemente, nadie espera descubrir nada.
A la desaforada esperanza, sucedió, como es natural, una depresión excesiva. La certidumbre de que algún anaquel en algún hexágono encerraba libros preciosos y de que esos libros preciosos eran inaccesibles, pareció casi intolerable. Una secta blasfema sugirió que cesaran las buscas y que todos los hombres barajaran letras y símbolos, hasta construir, mediante un improbable don del azar, esos libros canónicos. Las autoridades se vieron obligadas a promulgar órdenes severas. La secta desapareció, pero en mi niñez he visto hombres viejos que largamente se ocultaban en las letrinas, con unos discos de metal en un cubilete prohibido, y débilmente remedaban el divino desorden.
Otros, inversamente, creyeron que lo primordial era eliminar las obras inútiles. Invadían los hexágonos, exhibían credenciales no siempre falsas, hojeaban con fastidio un volumen y condenaban anaqueles enteros: a su furor higiénico, ascético, se debe la insensata perdición de millones de libros. Su nombre es execrado, pero quienes deploran los «tesoros» que su frenesí destruyó, negligen dos hechos notorios. Uno: la Biblioteca es tan enorme que toda reducción de origen humano resulta infinitesimal. Otro: cada ejemplar es único, irreemplazable, pero (como la Biblioteca es total) hay siempre varios centenares de miles de facsímiles imperfectos: de obras que no difieren sino por una letra o por una coma. Contra la opinión general, me atrevo a suponer que las consecuencias de las depredaciones cometidas por los Purificadores, han sido exageradas por el horror que esos fanáticos provocaron. Los urgía el delirio de conquistar los libros del Hexágono Carmesí: libros de formato menor que los naturales; omnipotentes, ilustrados y mágicos.
También sabemos de otra superstición de aquel tiempo: la del Hombre del Libro. En algún anaquel de algún hexágono (razonaron los hombres) debe existir un libro que sea la cifra y el compendio perfecto de todos los demás: algún bibliotecario lo ha recorrido y es análogo a un dios. En el lenguaje de esta zona persisten aún vestigios del culto de ese funcionario remoto. Muchos peregrinaron en busca de Él. Durante un siglo fatigaron en vano los más diversos rumbos. ¿Cómo localizar el venerado hexágono secreto que lo hospedaba? Alguien propuso un método regresivo: Para localizar el libro A, consultar previamente un libro B que indique el sitio de A; para localizar el libro B, consultar previamente un libro C, y así hasta lo infinito... En aventuras de ésas, he prodigado y consumido mis años. No me parece inverosímil que en algún anaquel del universo haya un libro total; ruego a los dioses ignorados que un hombre - ¡uno solo, aunque sea, hace miles de años! - lo haya examinado y leído. Si el honor y la sabiduría y la felicidad no son para mí, que sean para otros. Que el cielo exista, aunque mi lugar sea el infierno. Que yo sea ultrajado y aniquilado, pero que en un instante, en un ser, Tu enorme Biblioteca se justifique.
Afirman los impíos que el disparate es normal en la Biblioteca y que lo razonable (y aun la humilde y pura coherencia) es una casi milagrosa excepción. Hablan (lo sé) de «la Biblioteca febril, cuyos azarosos volúmenes corren el incesante albur de cambiarse en otros y que todo lo afirman, lo niegan y lo confunden como una divinidad que delira». Esas palabras que no sólo denuncian el desorden sino que lo ejemplifican también, notoriamente prueban su gusto pésimo y su desesperada ignorancia. En efecto, la Biblioteca incluye todas las estructuras verbales, todas las variaciones que permiten los veinticinco símbolos ortográficos, pero no un solo disparate absoluto. Inútil observar que el mejor volumen de los muchos hexágonos que administro se titula «Trueno peinado», y otro «El calambre de yeso» y otro «Axaxaxas mlo». Esas proposiciones, a primera vista incoherentes, sin duda son capaces de una justificación criptográfica o alegórica; esa justificación es verbal y, ex hypothesi, ya figura en la Biblioteca. No puedo combinar unos caracteres dhcmrlchtdj que la divina Biblioteca no haya previsto y que en alguna de sus lenguas secretas no encierren un terrible sentido. Nadie puede articular una sílaba que no esté llena de ternuras y de temores; que no sea en alguno de esos lenguajes el nombre poderoso de un dios. Hablar es incurrir en tautologías.
Esta epístola inútil y palabrera ya existe en uno de los treinta volúmenes de los cinco anaqueles de uno de los incontables hexágonos, y también su refutación. (Un número n de lenguajes posibles usa el mismo vocabulario; en algunos, el símbolo biblioteca admite la correcta definición ubicuo y perdurable sistema de galerías hexagonales, pero biblioteca es pan o pirámide o cualquier otra cosa, y las siete palabras que la definen tienen otro valor. Tú, que me lees, ¿estás seguro de entender mi lenguaje?).
La escritura metódica me distrae de la presente condición de los hombres. La certidumbre de que todo está escrito nos anula o nos afantasma. Yo conozco distritos en que los jóvenes se prosternan ante los libros y besan con barbarie las páginas, pero no saben descifrar una sola letra. Las epidemias, las discordias heréticas, las peregrinaciones que inevitablemente degeneran en bandolerismo, han diezmado la población. Creo haber mencionado los suicidios, cada año más frecuentes. Quizá me engañen la vejez y el temor, pero sospecho que la especie humana - la única - está por extinguirse y que la Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta.
Acabo de escribir infinita. No he interpolado ese adjetivo por una costumbre retórica; digo que no es ilógico pensar que el mundo es infinito. Quienes lo juzgan limitado, postulan que en lugares remotos los corredores y escaleras y hexágonos pueden inconcebiblemente cesar, lo cual es absurdo. Quienes la imaginan sin límites, olvidan que los tiene el número posible de libros. Yo me atrevo a insinuar esta solución del antiguo problema: La biblioteca es ilimitada y periódica. Si un eterno viajero la atravesara en cualquier dirección, comprobaría al cabo de los siglos que los mismos volúmenes se repiten en el mismo desorden (que, repetido, sería un orden: el Orden). Mi soledad se alegra con esa elegante esperanza.
Análisis.
La biblioteca de Babel es un cuento del escritor argentino Jorge Luis Borges, aparecido por primera vez en la colección de relatos El jardín de senderos que se bifurcan (1941), colección que más tarde fue incluida en Ficciones (1944). La biblioteca parece ser infinita a la vista de un ser humano común, pero al tener un límite de 410 páginas por libro, 40 renglones por página y 80 símbolos por renglón el número de posibilidades es vasto pero finito.
El relato es la especulación de un universo compuesto de una biblioteca de todos los libros posibles, en la cual sus libros están arbitrariamente ordenados, o sin orden, y preexiste al hombre.
La biblioteca de Babel es un complejo compuesto por un número indefinido de galerías hexagonales e idénticas, donde hay grandes ventilaciones en el medio, cercados por pequeñas barandas. La distribución de las galerías se reduce a cinco largos anaqueles en cada muro que cubren cuatro de los seis lados. La altura apenas excede la de un bibliotecario normal. Dos de las caras de cada galería dan a un angosto zaguán que va a otras galerías. A los lados del zaguán hay dos gabinetes; en uno de ellos alguien puede dormir parado y usar el restante para satisfacer las necesidades. Más allá hay una escalera espiral que se abisma hacia lo remoto.
Por cada anaquel hay un total de treinta y dos libros con el mismo formato; por cada libro que se encuentra, se puede contar que la suma de sus páginas llega a cuatrocientas diez. Cada página tiene cuarenta reglones. Cada renglón, ochenta letras de color negro. También hay letras en los dorsos de los libros. No obstante, en los dorsos de cada libro no se indica el contenido de las páginas. Esto se debe a dos axiomas fundamentales.
El relato es la especulación de un universo compuesto de una biblioteca de todos los libros posibles, en la cual sus libros están arbitrariamente ordenados, o sin orden, y preexiste al hombre.
La biblioteca de Babel es un complejo compuesto por un número indefinido de galerías hexagonales e idénticas, donde hay grandes ventilaciones en el medio, cercados por pequeñas barandas. La distribución de las galerías se reduce a cinco largos anaqueles en cada muro que cubren cuatro de los seis lados. La altura apenas excede la de un bibliotecario normal. Dos de las caras de cada galería dan a un angosto zaguán que va a otras galerías. A los lados del zaguán hay dos gabinetes; en uno de ellos alguien puede dormir parado y usar el restante para satisfacer las necesidades. Más allá hay una escalera espiral que se abisma hacia lo remoto.
Por cada anaquel hay un total de treinta y dos libros con el mismo formato; por cada libro que se encuentra, se puede contar que la suma de sus páginas llega a cuatrocientas diez. Cada página tiene cuarenta reglones. Cada renglón, ochenta letras de color negro. También hay letras en los dorsos de los libros. No obstante, en los dorsos de cada libro no se indica el contenido de las páginas. Esto se debe a dos axiomas fundamentales.
Axiomas.
La biblioteca existe desde la eternidad. Esto significa que tanto la biblioteca de Babel como los bibliotecarios pueden ser obra de un dios o del azar.
El número de símbolos ortográficos usados en los libros es de veinticinco, incluyendo el espacio, la coma y el punto. Los libros de Babel están compuestos a partir de combinaciones aleatorias de estos signos, agotando todas las posibles combinaciones (cuyo número es inimaginablemente grande, pero no infinito). Esto demuestra la naturaleza caótica e informe de todos los libros. Por cada palabra que esté escrita, puede haber palabras inconexas, frases incoherentes, que forman lenguas menos incoherentes.
Dadas estas condiciones, la biblioteca contiene desde algún libro que consiste solamente en la repetición de un mismo grafema, hasta innúmeras versiones del Quijote o cualquier otro libro, en todos los idiomas conocidos, en todos los idiomas desconocidos, con todas los errores imaginables, etc. El catálogo de Borges va más allá: "las autobiografías de los arcángeles, la relación verídica de tu muerte"... en palabras de Borges, "basta con que un libro sea posible, para que exista" en algún lugar de la inmensa Biblioteca.
El número de símbolos ortográficos usados en los libros es de veinticinco, incluyendo el espacio, la coma y el punto. Los libros de Babel están compuestos a partir de combinaciones aleatorias de estos signos, agotando todas las posibles combinaciones (cuyo número es inimaginablemente grande, pero no infinito). Esto demuestra la naturaleza caótica e informe de todos los libros. Por cada palabra que esté escrita, puede haber palabras inconexas, frases incoherentes, que forman lenguas menos incoherentes.
Dadas estas condiciones, la biblioteca contiene desde algún libro que consiste solamente en la repetición de un mismo grafema, hasta innúmeras versiones del Quijote o cualquier otro libro, en todos los idiomas conocidos, en todos los idiomas desconocidos, con todas los errores imaginables, etc. El catálogo de Borges va más allá: "las autobiografías de los arcángeles, la relación verídica de tu muerte"... en palabras de Borges, "basta con que un libro sea posible, para que exista" en algún lugar de la inmensa Biblioteca.
La biblioteca y el Universo.
Lo anterior lleva al autor a reflexionar sobre las creencias y corrientes de pensamiento de tal Universo, "que otros llaman la Biblioteca": inquisidores que pretenden destruir los libros que juzgan sin sentido (temidos y aborrecidos por su fanática condenación al fuego de incontables libros, más que por el daño real hecho a la inmensidad de la Biblioteca), aventureros que recorren las salas hexagonales en busca de su Vindicación, místicos que anhelan encontrar el Libro total que devele todos los misterios del mundo, e incluso proscritos azaristas que manejan cubiletes y dados prohibidos, al objeto de producir algún día, más que encontrar, esos libros sobrenaturales.
Tamaño y contenido de la Biblioteca.
La biblioteca de Babel está formada por hexágonos, de los cuales cuatro muros se usan para almacenar los libros, y las restantes dos para comunicarse con los siguientes. Cada muro tiene cinco anaqueles. Cada anaquel treinta y dos libros. Cada libro cuatrocientas diez páginas. Cada página cuarenta renglones. Cada renglón ochenta símbolos.
Los símbolos son veinticinco. Las veintidós letras de un alfabeto, el punto, la coma y el espacio.
Sobre su tamaño, Borges informa:
"Quienes imaginan la Biblioteca sin límites, olvidan que los tiene el número posible de libros. Yo me atrevo a insinuar esta solución del antiguo problema: la Biblioteca es ilimitada y periódica."
Lo que demuestra la inutilidad de un cálculo, dado que la Biblioteca que nombra Borges reiteradas veces a lo largo de su relato es simplemente un nombre propio que le da él mismo al Universo.
Los símbolos son veinticinco. Las veintidós letras de un alfabeto, el punto, la coma y el espacio.
Sobre su tamaño, Borges informa:
"Quienes imaginan la Biblioteca sin límites, olvidan que los tiene el número posible de libros. Yo me atrevo a insinuar esta solución del antiguo problema: la Biblioteca es ilimitada y periódica."
Lo que demuestra la inutilidad de un cálculo, dado que la Biblioteca que nombra Borges reiteradas veces a lo largo de su relato es simplemente un nombre propio que le da él mismo al Universo.



La obra de Garci Rodríguez de MOntalvo, Amadís de Gaula, es de una gran modernidad, lo cual se quiere ocultar:
ResponderEliminarhttp://ramiropinto.es/escritos-literarios/ensayos/amadis-de-gaula-2/
En la actualidad hay muchos libros, como ""canciones de hielo y fuego" que es recreacion de las obras de Amanis de Gaula. Me gustan muchos estas recreaciones y mundos fantasticos.
Eliminarpersonajes tienen profunda personalidad y sicologia